sábado, 28 de diciembre de 2013

OLOR 06: ANTICRONOS

Joshep Hightown no podía ser más feliz, le parecía imposible. Corría el año 1978, trabajaba de médico en España y tenía todo lo que había deseado. Tras demostrar tener una voluntad increíble, de peleas con el idioma y con la dichosa burocracia, obtuvo plaza en el pueblo de Palomares del Río provincia de Sevilla. Había conseguido una casa de dos plantas muy mona, que todos los habitantes le llamaran “Joe” y lo más importante de todo, había conseguido a la mujer de sus sueños.

Todos sus esfuerzos eran por ella en realidad, lo demás era secundario, siempre fue por ella.
Durante un viaje por la península años atrás, mientras estaba terminando su carrera a duras penas porque se veía sin ninguna motivación. Acabó por casualidad visitando diferentes pueblos de Andalucía, ya que no entraban en sus planes. 

Cuando llegó a Palomares del Río no pasaron más de cinco minutos, cuando se cruzó con una joven de unos 18 años, morena de piel, con el pelo negro azabache, largo y lacio, alta, y con la sonrisa más blanca y bonita que había visto jamás. Jugueteaba a la pelota con un grupo de niños en la plaza principal, y cuando miró a Joe de frente, este sintió que una gracia divina le llenaba por completo. Un rayo le atravesó por completo y le hizo plantearse su vida de forma, que pudiera conseguir estar con esa mujer, que más bien era un ángel.

Por fin con ganas, se dio toda la prisa del mundo por aprobar todas las asignaturas que le faltaban para finalizar. Aprendió español a pasos agigantados e hizo todo lo posible por procurarse prácticas médicas en España. 

Tardó más tiempo de lo que creía en un principio en conseguir su estancia y que le destinaran al pueblo. Temía como nunca, por si ella se había enamorado de otro o si se había ido del pueblo.
Pero la suerte le sonrió como jamás lo ha hecho con un enamorado. Ella seguía viviendo en el pueblo, se acordaba de él perfectamente, porque Joe había hecho sentir de la misma y especial forma a Susana (así se llamaba la bella mujer). Fue un flechazo correspondido, ella le esperaba allí por si un día decidía volver.
Como es obvio, no tardaron mucho en salir juntos. Los padres no se opusieron en absoluto porque al fin y al cabo era un inglés, rico, médico que trabajaba en el pueblo y que no parecía tener nada raro, además se amaban. Era un marido perfecto para su querida hija.

Al año de establecerse Joe en el pueblo, se casaron y los días pasaban cada vez más rápidos entre risas, gozo y noches inolvidables para ambos. Joe creía que estaba en el paraíso y no quería que nada cambiase, había conseguido todo lo que había soñado con una gran facilidad.

Por eso, cuando su mujer le dijo entre lágrimas de alegría que iba a tener un hijo, se apoderó de él, el mayor de los espantos dejándole la cara blanca como la leche. Disimuló como pudo con éxito y volvió a su consulta como excusa. 

Tenía miedo, todo cambiaría, tendría que cuidar de un bebé llorón y Susana dividiría su amor. No quería compartirla, no quería estropear su vida. No quería hijos, ni hablar de ellos.


Así que no sintió ningún tipo de remordimiento cuando sedó  a Susana y le practicó un aborto bajo el pretexto de una inspección rutinaria, al fin y al cabo, era el único médico del pueblo y alrededores. Actúo como un profesional mientras para sus adentros reía con carcajadas de triunfo.

Tras esto, le dijo a Susana que el aborto había sido natural, un derrame derivado de complicaciones del embarazo. Ella le creyó, era su marido, el médico del pueblo y ante todo estaba perdidamente enamorada de él. No dudó de su palabra ni un segundo.

Susana, lejos de deprimirse, se agarró a sus esperanzas, a
 la voluntad de Dios, y estaba emocionada ante la expectativa de que la próxima vez que se quedase embarazada, tendría el hijo que tanto deseaba con el hombre al que amaba sin ningún problema.
Joe, no dejó que fuese así. No quería el cambio, y en los dos años siguientes repitió 3 veces más el aborto a su mujer inconsciente.

Viendo que los deseos de su mujer no cesaban en su empeño y que nunca dejaría de intentarlo, en el último aborto que Joe realizó a Susana, se esforzó de forma considerable en dañar la zona vaginal y el útero de Susana. Así ya nunca tendría más problemas, ni temores, ella se acabaría adaptando a su situación y él podría volver a ser tan feliz como antes.
Una vez informada, Susana estuvo varios días tumbada en la cama y sólo abría la boca para gritar entre llantos.

Las semanas siguientes Susana apenas era una sombra de la mujer feliz que una vez fue. No hablaba, no comía, no hacía más que mirar por la ventana a los niños que jugaban despreocupados  en la calle.
Joe creyó que con el tiempo se acostumbraría o eso esperaba de todo corazón. Intentó ayudarla, claro, no dejó de quererla en ningún momento. Pero ella no le contestaba, no hacía caso a nada de lo que Joe le decía apelando a su posición de médico. Nada parecía mejorar el estado de Susana. Vivir con ella se volvía algo insoportable. Los padres de Susana, no tardaron en mudarse al domicilio para poder cuidar de su hija.
Un día sin más, totalmente traumatizada, Susana ató como pudo en su desesperación, una cuerda a una viga del techo y se suicidó en una de las noches de guardia de su marido, cuando el resto de la casa dormía. Costaba reconocerlo pero su cadáver no se diferenciaba de Susana en las últimas semanas, estaba totalmente demacrada.

Fue enterrada y llorada, mientras que todo el mundo daba el pésame a Joe, se compadecían de él, ya que se les conocía como una pareja feliz que acabó siendo desdichada por no tener hijos.
El único que sabía la verdad era él. El cambio que intentaba evitar, le había aplastado y había sido obra suya. Así que hizo lo que todo hombre lo suficientemente cobarde como para no decir la verdad o suicidarse, castigó su cuerpo. 

Su abuelo de Belfast hubiera estado orgulloso de él al verle beber de esa forma. Volaba su sueldo en el bar en un intento vano por olvidar, y cuando el alcohol apenas tenía efectos, tomaba antidepresivos entre otros medicamentes como si fueran dulces. 

Como cabe imaginar, su trabajo se vio afectado, no llegaba a tiempo a las consultas, fallaba en sus diagnósticos y puso en peligro a más de un paciente. La culpa se hizo insoportable para el joven doctor.
La madrugada del aniversario del primer aborto, la pasó encerrado en su consulta. Tras tomarse una botella de whisky y una dosis de morfina, fue mareado y entre tumbos, al armario que tenía al fondo de la estancia.  Sacó como pudo el llavero de los bolsillos y estuvo alrededor de un cuarto de hora peleándose para abrir la cerradura del armario. Cuando lo consiguió, en el armario se podían ver en orden cuatro frascos con formol, los fetos que podían haber sido sus hijos. Metículosamente ordenados, etiquetados y con la distancia correlativa perfecta ente sí a lo largo de la balda que ocupaban en el mueble.

Joe miró detenidamente con su nublada vista los botes hasta que el tercero lo empujó con las manos temblorosas y cayeron al suelo todos menos el primero. Se quedó quieto un instante, miró el primer bote y con rabia lo estrelló contra el suelo. Se tumbó y empezó a retozar entre cristales y fetos por el suelo.
Sangrando, y mareado, gritó a pleno pulmón golpeando el suelo con gran furia. Y de repente comenzó a reptar poe el cuarto y se acurrucó por fin en una esquina, mientras chillaba de puro pánico ante las visiones que comenzó a tener. 

Alucinaba con los fetos aplastados del suelo. Tomaban su forma original, se levantaban en el aire y le rodeaban. Joe notaba que le hablaban con unas voces susurrantes que reverberaban en su cabeza, en idiomas que no podía entender. Cuando se levantó de golpe pegado a la pared, observó que estaban unidos por varios cordones umbilicales. Estos, llegaban a la barriga de una Susana etérea con el vientre abierto por completo,  que miraba hacia Joe sin decir ni una sola palabra. Sólo miraba, acusadora. Hasta que sin más, las visiones de los fetos y Susana se abalanzaron sobre Joe.

Sus alaridos acabaron por despertar a los vecinos de la zona. Cuando llegaron a la consulta del doctor tuvieron que romper la puerta para acceder a la estancia. Encontraron al cadáver de Joe tirado encima de cristales, restos de formol y de su propia sangre.

Tras descartar cualquier tipo de homicidio, la policía hizo llamar al día siguiente a un forense para practicarle la autopsia al cuerpo. Todos y cada uno de los presentes vomitaron cuando al abrir el estómago del difunto, se encontraron cuatro fetos muertos empapados en formol. 

El hecho fue tan horrible que el caso se ocultó al conocimiento público. Se dijo a la prensa y a los habitantes del pueblo que había sido un simple suicidio, y todo el mundo lo creyó al fin y al cabo, hacía poco que había muerto su mujer que no podía tener hijos. Era creíble y todo el mundo tenía una familia mártir a la que lamentar.


Joe y Susana fueron enterrados en el mismo nicho, y sus restos estuvieron juntos para siempre, tal como Joe había querido.


1 comentario:

  1. Fácil lectura y bien escrito, como siempre. :) Buen relato.

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